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La Falacia de la Personalidad Hereditaria

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Roberto C.P. Junior

Un grupo de investigadores de la Universidad de Minnesota, estudió la vida de 8 mil pares de mellizos durante veinte años, con la intención de descubrir la influencia de la herencia en la formación de la personalidad humana...

Especial atención fue reservada a los casos de mellizos idénticos separados poco después del nacimiento, y que en la vida adulta, acabaron reencontrándose. Según los científicos, las semejanzas comportamentales verificadas en esos casos, deben ser atribuidas a factores genéticos y no a circunstancias externas, ya que ambas personas poseen idéntica carga genética y sufrieron influencias ambientales distintas.

El número de veces en que una determinada característica se repetía en esos pares de mellizos, en relación al total de grupos investigados, fue considerado como el porcentaje de influencia genética que desencadena esa característica.  Así, la felicidad, quedó definida como un sentimiento 50% genético, ya que del total de pares de mellizos investigados que se reencontraron, la mitad se declaró feliz. La ansiedad y la susceptibilidad, por su vez, demostrarán tener un padrón genético de 50% y 60% respectivamente. Ya la agresividad presentó un componente genético tan preponderante, que el estudio llega a sugerir que la criminalidad puede, realmente, ser trasmitida de padre a hijos... Algunas patologías también fueron definidas como hereditarias por ese criterio. Los investigadores se muestran tan seguros de los resultados obtenidos, que llegan a algunas filigranas de osadía, como a afirmar que “el hábito de consumir café se hereda más fácilmente que el de tomar té”, lo que tal vez, pueda ser explicado por la injustificable ausencia de mellizos ingleses en el universo investigado. En resumen, el estudio quiere hacernos creer que, todas las coincidencias encontradas en las personalidades de los mellizos, tienen que, necesariamente, estar relacionadas a la actividad de un gen en común.

Ese “necesariamente” es encontrado con bastante frecuencia en trabajos científicos, estampado estratégicamente aquí y acullá, como un escudo contra intromisiones indeseables. Así como otros escudos adverbiales semejantes, también éste tiene la función de encubrir la ignorancia, sea conciente o no. Se trata de una especie de anteparo protector, bastante eficiente para rechazar algunos tímidos cuestionamientos o dudas, pero, que se muestra extremamente frágil cuando alcanzado por una mirada indagadora penetrante, que lo atraviesa como si no existiera y ve con total claridad lo  que se esconde por detrás suyo: la increíble restricción inherente al así llamado “método científico”.

Un método en  verdad, demasiado limitado, que en todo apenas puede distinguir meros efectos físicos, que sólo está apto a discernir y a asimilar – debido a su propia constitución material – únicamente contingencias terrenales. Un método tan limitado, como prepotente, pues todo lo que está por encima de los conceptos terrenos de tiempo y espacio, todo lo que no es terrenamente visible y palpable, todo, en fin, lo que le es, de antemano inalcanzable por naturaleza, él lo arrastra a la fuerza para dentro de su estrecho campo de acción y visión, sin medir consecuencias, comprimiéndolo en sus directivas, tan delimitadas, con la finalidad de tornarlo más o menos comprensible.

Poco importa ahí que se incurra en errores crasos, inevitables cuando se hace uso de ese método para analizar fenómenos que se desarrollan más allá de la posibilidad de la ciencia terrena. Para los auto-atrofiados seres humanos de raciocinio de la época actual, un intento de explicación superficial es ya plenamente suficiente, les basta.  Desde que, claro, esté necesariamente inserta en una teoría científica cualquiera, lo que le granjea inmediata credibilidad y la iza al nivel de “verdad provisoria incuestionable”, título necesario y suficiente para hacerse digna de la admiración  indiscriminada de la comunidad científica y la idolatría irreflexiva de la legión de adeptos.

En mi artículo, “Ovejas Negras, Madres de Alquiler”, afirmé que diversas contingencias contribuyen a la efectivación de un nacimiento terreno. La casualidad, sin embargo, no es uno de ellos.

Las muchas coincidencias verificadas en las vidas de los mellizos, apenas indican que esas personas formaron su destino de manera muy semejante, a través de su acción en otras vidas. Por consiguiente, pudieron encarnarse en las mismas circunstancias terrenas en esta actual vida, recibiendo frecuentemente, de la misma forma, el efecto de reciprocidad de sus acciones.

Si 50% de los mellizos investigados son felices, eso significa simplemente que la mitad de ellos formaron su destino de tal forma que pudieron ser felices en esta actual vida terrena. Será una lastimable pérdida de tiempo continuar a desenvolver el  DNA humano en el intento de encontrar un gen que desencadena la felicidad. No se va a encontrar nada ahí. Solamente el espíritu humano, como único realmente vivo, tiene la prerrogativa de buscar y encontrar la felicidad, y no es el cuerpo terreno, Que nada más es que un involucro del espíritu, una simple herramienta para utilización en la vida terrena. Lo mismo se da con las demás características supuestamente heredadas, apuntadas en el estudio.

Por eso, nadie tiene motivos para agradecer o lamentar la propia carga genética, por la manifestación de una característica buena o mala de la personalidad. Quien quiera  conocer el origen de la formación de la personalidad tiene que ir más hondo en su busca, por encima y más allá del mero involucro material llamado “cuerpo”, tantas veces confundido con el verdadero “yo” del ser humano. El sentimiento del “yo” proviene del espíritu exclusivamente, es el mismo espíritu, único responsable por la formación de la personalidad, y de que todo lo que alcanza a la criatura humana, sean cosas buenas o malas, se tornen efectivas aquí en la Tierra o solamente en el “más allá”.

Seguramente muchos males corpóreos presentan un grado mayor o menor de predisposición genética, o son realmente heredados. Eso sin embargo, no significa   que padecer o no de ellos sea una lotería, pues nada existe que pueda alcanzar al ser humano sin que él mismo no le haya dado causa. No existen casualidades en los efectos de las leyes que rigen a la  Creación.

Niños portadores de enfermedades hereditarias, fueron atraídos anímicamente, en el acto de la encarnación, justamente hacia padres capaces de trasmitir una tal enfermedad  a sus descendientes. El carma anímico formó el puente de atracción para aquellos padres. Y muchas veces el alma encarnada trae en su cuerpo terreno apenas el riesgo,  hereda apenas el peligro de contraer determinada enfermedad por la predisposición genética, la que puede o no, efectivarse según determinadas circunstancias.

Tales circunstancias, una vez más, son establecidas por la propia conducta de vida de esas personas. Es el caso, por ejemplo, de la eclosión o no de cáncer, por la acción de los así llamados “oncógenos”, quienes pueden o no, surgir de los “protooncógenos”. La  ciencia ya sabe que cuando activados, los oncógenos desencadenan el cancer, pero  ni siquiera desconfía que está en manos de la propia persona, exclusivamente, permitir o no que eso ocurra, no apenas como consecuencia de su modo de vivir exterior, mas, principalmente, por su vida interior.

Un carma pesado, pronto a efectivarse integralmente a través de una enfermedad  seria, no precisa abatirse con toda su potencia sobre una persona. Aún en una situación de peligro como esta, la criatura humana no queda desamparada, no se encuentra indefensa. Aún aquí, es ella misma la que determina su senda, la que provee los hilos con los que, el telar de la Creación teje el tapete de su destino. Si ella se esfuerza realmente en mejorarlo todo, en purificar su voluntad, sus pensamientos, sus palabras y acciones, si busca ennoblecer todo lo que toma contacto con ella, entonces,   no concederá ningún anclaje más para la efectivación real de un carma grave.

Como ella mejoró por esfuerzo propio, como ascendió  espiritualmente de nivel, entonces, tampoco tendrá más la misma especie de retorno cármico malo.  No puede ser alcanzada más, integralmente, por el mal carma a ella ligado, por el simple hecho que, espiritualmente ya no se halla más tan abajo, en aquel mismo nivel de cuando lo generó, por medio de una acción equivocada. El efecto cármico dañino sólo podrá alcanzarla muy debilitado, bastante atenuado, simbólico inclusive, con lo que entonces, será redimido de la misma manera. ¡Y carma redimido significa culpa expiada! Otro camino no hay para el perdón de los pecados.

La atracción de la especie igual  – una de las leyes de la Creación – co-participa también aquí automáticamente, cuidando para que el efecto retroactivo sea justo, hasta en las minucias de este proceso. Cuanto mejor un ser humano se torne interiormente, tanto menos será alcanzado por los efectos cármicos malos, sea en cantidad, sea en intensidad.

Una vez más se reconoce que todo, pero todo realmente, está siempre en manos del próprio ser humano. Únicamente él es señor de su propio destino, únicamente él decide lo que va a encontrar en su peregrinación: dolor o alegría, sufrimiento o felicidad, perdición o salvación. El decide, él  planta, él recoge.

 

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Roberto C. P. Junior es espiritualista, Master en Ingenieria y autor de los libros on-line (en portugués) "Vivimos los Ultimos Años del Juicio Final" y "Visión Restaurada de la Escrituras". Roberto es miembro de la Orden del Graal en la Tierra. E-mail: Este endereço de e-mail está protegido contra spambots. Você deve habilitar o JavaScript para visualizá-lo.

 

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