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La Ilusión Deportiva

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Roberto C.P. Junior

Dondequiera que el ser humano anteponga el intelecto al espíritu, el raciocinio sobre la intuición, allí, surgen focos de enfermedad, porque otra cosa no puede brotar de una mala semilla. Al contrario de actuar como espíritu humano dentro de la materia, ennobleciendo  todo a su alrededor, como es su misión, actúa exclusivamente como criatura terrena, como si nada de espiritual tuviera dentro suyo.

De este modo, todo lo que es, originariamente, bueno, útil y bonito, luego de escurrir por entre sus dedos racionalistas, se vuelve malo, nocivo y feo. Ese proceso aparece con mucha nitidez en el arte, sea pintura, escultura o música. Todo lo que de extraordinariamente bello nos ha legado el arte, en siglos pasados, se transmutó en un montón de basura informe, cincelado a lo largo del siglo XX  y también en el actual - cuando el raciocinio frío alcanzó su apogeo - y sobrepujó todo en su ansia de destacarse con cualidades que no posee. El raciocinio hizo del corazón del hombre su reposo, y del espíritu vivo, su esclavo. Y así, redujo a aterro sanitario casi toda el arte, en otras épocas, magnífica.  Las formas adquiridas por la pintura y la música contemporáneas, generadas apenas por neuronas, prescindem de calificativos. No porque existan muchos entre los cuales elegir, sino porque no se encuentra ninguno que le haga debida justicia. Como esas “cosas” están siempre muy por debajo del alcance de los diccionarios más recientes y perspicaces, es imposible encontrar adjetivos adecuados para calificar razonablemente un tal horror.

Contando apenas con la tea trémula del intelecto para iluminar los tenebrosos caminos que abrió el materialismo, para, a su modo, poder conquistarlos, el ser humano hodierno torció hasta la ley básica del movimiento en la Creación, la que establece que algo sólo puede ser conservado íntegro, si se mantiene en movimiento contínuo.  Aplicada correctamente al cuerpo físico, esa ley cuidaría de mantenerlo siempre sano y  vigoroso. Pero, el raciocinio transformó el salutar movimiento físico en ... deporte. Y, así, lo que era sano, se tornó mórbido, una vez más.

¡El arte del deporte! Loada y elevada por todas partes, siempre y siempre, más y más. ¡Exaltada con esperanza en todo el mundo, decantada con orgullo entre los pueblos, divinizada con olímpica emoción por las naciones!  ¿Cómo podría ser dañina? Para aquél que tiene ojos para ver, el enaltecimiento deportivo actual es apenas una muestra más, aterradora, de cómo los conceptos de lo cierto y lo equivocado están completamente distorcidos en nuestra época. De cómo el endurecimiento  espiritual ya  involucró a casi toda la humanidad, extinguiendo sus aspiraciones más nobles y comprimiendo su campo de visión a límites cada vez más estrechos.

El deporte es, dañino sí, porque se fundamenta en la competencia. No objetiva en primera instancia, a adquirir y a conservar la salud del cuerpo, sino, a mostrar quién es “el mejor”, en determinada modalidad.  “Lo importante no es ganar, y sí competir!”, rebatirán  prontamente ofendidos los discípulos de Coubertin, arautos del deporte ennoblecido. Pero eso no es así, de manera alguna. Para cualquier deportista de este planeta lo importante es ganar. Siempre. Y aunque alguno de ellos, realmente creyera en esa utopía, en el fondo de su corazón, y no solamente la murmurara para sí mismo entre sollozos y ojos nublados por lágrimas, al perder el primer lugar, entonces, sería igualmente insano.

Competir... ¿Para qué? ¿Para  tener, un día, el honor de subir al podio y divisar con orgullo la bandera de su país flameando sobre las demás? ¿Para emocionarse al ver a todos los “enemigos”, callados a su alrededor, forzados a escuchar cabisbajos el himno de su país, obligados a reconocer el triunfo de su nación?  ¿Para  ser ovacionado sobre un coche de bomberos y vertir lágrimas de héroe? ¿Es eso patriotismo? ¿Es para eso que los jóvenes desperdician los mejores años de sus vidas con entrenamiento?

¿Para eso se someten a cirugías recurrentes para la reparación de músculos y tendones lesionados? ¿Es con esa finalidad que se desarrollan ropas especiales y anabolizantes  potentes?  ¿Para ese ideal es que son contratados a peso de oro, técnicos famosos, con su estrategias de guerra? ¿Dopping es, entonces, táctica de espionaje?  ¿Lujaciones y distensiones musculares, son  condecoraciones de combate, medallas marcantes por bravura en acción?

Qué patético es ver a esos señores de pelo entrecano, bien vestidos, discutiendo muy seriamente aspectos futbolísticos, en un programa de debates, profundamente compenetrados analizando jugadas y emitiendo diagnósticos y prognósticos. ¡Qué degradante! Sería risible, si no fuera tan ridículo. Increiblemente ridículo. ¿Qué  verdadera ventaja trae a un pueblo, la conquista de una copa del mundo, de un título de Fórmula 1, o el cinturón de los pesos pesados? ¿Alegría popular? ¿Orgullo nacional? Triste del país que necesita esos espejitos de colores para darse algun valor, para reavivar su auto estima. Triste pueblo, el que separa cuidadosamente parte de sus menguados rendimientos para poder ver, a lo lejos, a sus ídolos deportivos, nadando en ríos de dinero.

Y triste la humanidad entera, que cayó espiritualmente tan hondo, a punto de no poder ver, ya, el papel deplorable que desempeña, al enaltecer cosas sin ningún valor, frutos del raciocinio calculista, materialista, en detrimento del perfeccionamiento espiritual. Triste de las naciones deportivas de este mundo, que pueden ver en una maratonista que llega, casi desfallecida a la línea de llegada, el mayor ejemplo de “la tenacidad humana que supera todos los obstáculos”, del “ideal olímpico elevado a su más alto grado”. Aquella atleta claudicante, hasta hoy, blanco de elogios en todo el  mundo, no hizo más que cometer un grave delito contra su cuerpo, al llevarlo a un estado de agotamiento completo, al punto de casi sufrir un síncope en los brazos del médico que la esperaba junto a la línea de llegada. El médico, deseaba  que la joven, tan valiente, consiguiera vencer el desafío olímpico trazado delante suyo, el que podría haberle costado la vida. Ambos no pasan de criminales, y el mundo todo, que hinchaba en conjunto, de cómplices.

Un argumento poderoso a favor del deporte, repetido veces sin cuenta por entendidos en educación, es que éste, aleja a los jóvenes carenciados, de la violencia y de las drogas. ¿Realmente? ¿La práctica deportiva posee el poder de desviarlos  de los muros de la FEBEM, o de retirarlos de allí, y conducirlos a una vida  digna y honesta? ¿Cuántos jóvenes delincuentes y adictos a drogas salen efectivamente recuperados de los centros de reeducación, en donde el deporte es práctica diaria? ¿Cuántos de ellos  salen de allí, tan transformados interiormente, a punto de poder retornar al convivio en sociedad, interesados en el bienestar del prójimo?  Ninguna criatura interiormente mala, de índole maléfica, consigue limpiar la violencia impregnada en su alma corrompida, con saltos y carreras, ni es tampoco, capaz de cambiar la jeringa por la pelota, sea de que deporte sea. En su casi totalidad, el adicto no deja las drogas por el deporte, sino que sigue huyendo, usando ambos tipos de entorpecentes.

El deporte competitivo es siempre nocivo, nunca ha contribuido para mejorar  en nada el íntimo del ser humano, al contrario, solo le ha incutido el anhelo de sobresalir a toda costa. Esa competitividad, contínuamente nutrida por centenas de millones de terráqueos, no quedó sin efecto en el ambiente más fino que nos envuelve. Trascendió el ámbito de los estadios y pasó a ejercer su nefasta influencia en un sinnúmero de almas humanas, que traen consigo una tendencia semejante. Estas pasaron a ser entonces, literalmente asediadas por esas influencias, incutiéndoles la necesidad de permanente de competir y competir, para vencer en la vida, y destacarse a cualquier precio. 

Los efectos globales de esa insanidad son terribles. Como, debido a eso, casi todos los seres humanos se ven hoy como competidores en todo, leales o no, una simple colisión de automóviles puede fácilmente desembocar en una tragedia, y el propio tráfico se transforma en una pista de competición para los atareados pilotos del cotidiano. La derrota en un inocente partido de dominó o en un juego de cartas, tiene fuerza como para infartar a cualquiera de sus entusiasmados competidores. Un gol al final del segundo tiempo, es motivo para golpizas y muerte entre las grandes masas de competidores, denominadas “hinchadas”. Hinchada es un buen término para gente belicosa. Las empresas, grandes o pequeñas, no tienen por objetivo ya, perfeccionar sus productos y garantizar su supervivencia, sino principalmente, destruir a sus competidores, aplastar la maldita competencia. Un gran empresario afirmó que, si un competidor suyo estuviese ahogándose, su primera actitud sería meterle una manguera de agua en la boca. Declaraciones de este tipo, son escuchadas como dictámenes de suma sabiduría,  máximas de gran inspiración, y utilizadas en cursos de perfeccionamiento de ejecutivos. Como si estos campeones del stress, no hubieran sido enseñados desde la más tierna infancia , a prepararse para una lucha árdua, en el asustador mundo competitivo que los aguardaba, emboscado, allá fuera, tal como un insaciable lobo malo.  “Lo importante es competir!”  Ese es el lema actual de la raza humana. Los  países compiten locamente entre sí, en carreras armamentistas, espaciales, comerciales y culturales. Compiten y compiten. Todos compiten. Y nadie más vive.

Este es el resultado de la  competición y de la competitivad desenfrenada, el mundo competitivo en el que vivimos, del cual el deporte, es su principal fomentador y auspiciador. Eso es lo que la humanidad tiene para ofrecer en el presente, al término del período concedido para  su desarrollo. Un gran estadio planetario, con billones de competidores infelices, vacíos espiritualmente, ésa es la copa que puede erguir ahora, en triunfo, para su Creador, como fruto máximo de su evolución.

Si no entanto, pudiera ver con claridad lo que generó para sí misma, si pudiera tener un pequeño vislumbre de lo que la espera en la reciprocidad, prontamente cambiaría su lema para: “¡Lo importante es sobrevivir!” Sobrevivir espiritualmente, poder subsistir ahora, en la época del ajuste de cuentas final.

Soñar un poco, de vez en cuando, no está mal, porque eso, no estimula ninguna competencia. Pero, mientras que algunos pocos todavía se permiten soñar despiertos, con una improbable, tal vez imposible mejoría de la humanidad, ésta vive soñando con su propia grandeza, embalada por la ilusión de su importancia y de sus hechos deportivos.  En breve, todos nosotros despertaremos.

 

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Roberto C. P. Junior es espiritualista, Master en Ingenieria y autor de los libros on-line (en portugués) "Vivimos los Ultimos Años del Juicio Final" y "Visión Restaurada de la Escrituras". Roberto es miembro de la Orden del Graal en la Tierra. E-mail: Este endereço de e-mail está protegido contra spambots. Você deve habilitar o JavaScript para visualizá-lo.

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