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No
resta duda de que es la más detestada y combatida de las sensaciones
humanas. Y la más temida también. Tal vez, apenas el miedo a la
muerte sobrepase aún, al de ser alcanzado por un dolor profundo.
Y que no se diga que estamos
indefensos. Contamos hoy día, con un inmenso y variado arsenal,
constantemente perfeccionado para el combate al dolor de múltiples
tipos y etiologías. Agudos o crónicos, físicos o anímicos, para cada
cual, existe una bien determinada arma, del calibre adecuado.
Disponemos desde armas ligeras, como analgésicos, calmantes y terapia
de grupo, hasta las más pesadas, como opiáceos, antidepresivos e
internación. Hay hasta quien eche mano de armamentos peligrosos y no
recomendados, como el alcohol, alucinógenos e hipnosis. En la guerra
como en la guerra.
Pero, ¿por qué tenemos que trabar
obligatoriamente esa guerra, aparentemente sin fin? Toda la vida
parece una lucha permanente contra el dolor, o mejor dicho, una lucha
para librarse de él, para escapar de ser alcanzado por él.
Pasamos gran parte de nuestras
vidas monitoreando temerosamente esta espada de Damocles, que, de vez
en cuando, baja inesperadamente sobre nosotros, nos hiere sin piedad
ni motivo y retorna a su posición amezanadora. Algunos,
misteriosamente, son alcanzados apenas de raspón por pocos y
esporádicos golpes, y llegan al final de la vida con algunas
escoriaciones. Otros, al contrario, son golpeados profunda y
contínuamente, de modo que sus heridas nunca cicatrizan totalmente.
Para ellos, la vida se resume a un martirio intermitente.
La reacción al dolor también varía
considerablemente. De un lado están los que lo soportan estóicamente y
siguen adelante, la mayor parte de las veces, sin analizar la causa
del sufrimiento. En el extremo opuesto están los que se desesperan a
tal punto, que ven en la extinción de la propia vida el único remedio
eficaz para curar del todo un dolor insoportable. Una salida, por lo
menos, poco sabia, ya que con eso consiguen dolores más intensos, de
los que será imposible escapar en la existencia, que, apesar de todo,
continúa después de la muerte terrena.
El mundo sería un lugar mucho mejor
para vivir, si, simplemente, no hubiera dolor. De eso, nadie duda.
Sería el Paraiso Terrenal. Pero, entonces, ¿por qué no es así? ¿Cuál
es el motivo de que exista dolor en nuestro planeta? ¿Por qué somos
forzados a probarlo en tan variadas formas e intensidades? ¿Por qué
gente inocente es, a veces, golpeada tan duramente por el destino?
¿Quién colocó la espada del dolor sobre la cabeza de cada ser humano,
en contra de su voluntad?
Esas preguntas dejan antever que el
dolor no es solamente detestado, sino también temido, combatido, y
principalmente incomprendido. Vamos a verificar, antes de más nada, la
razán primordial de la existencia del dolor. Y, en primer lugar, en
relación al dolor físico.
Existe una enfermedad congénita,
muy rara, que hace con que la persona no sienta ningún tipo de dolor.
Pero, lo que a primera vista parece una bendición especial es, en
realidad, una maldición. Nadie envidiaría a alguien con ese tipo de
mal, si viera el estado de su cuerpo, cubierto por heridas y
cicatrices.
Lo que no ve, su cuerpo no lo siente. Es suficiente con que
recueste el brazo, sin advertir, a un horno caliente para que su carne
se derrita sin dar señales de alarma. El más grande deseo de una
víctima de esta enfermedad, es el de un día, poder sentir algún dolor
físico, para de esta manera, conservar su cuerpo íntegro.
El dolor físico, por lo tanto,
protege al cuerpo de daños externos y nos obliga a actuar para
corregir disfunciones internas. El resultado final es la posibilidad
de continuar viviendo con un cuerpo sano, funcionando a la perfección.
El dolor corporal es, en realidad, una verdadera dádiva de la
naturaleza, una protección absolutamente indispensable.
Cuanto a los dolores del alma, la
historia se repite. Quien ya haya experimentado un dolor de este tipo
– y este número crece contínuamente – puede evaluar lo indecible que
es el sufrimiento que acarrea. Un sufrimiento tan atroz, que al igual
que los dolores físicos, también nos obliga a actuar, a hacer algo
para librarnos de la angustia, de la depresión, del miedo, del pánico.
La única diferencia es que, aquí, las disfunções que desencadenan este
tipo de dolor provienen de la propia esencia del ser humano. Por eso,
el remedio más indicado es el que actúa directamente sobre el alma, o
sea, sobre la propia voluntad del individuo, forzando de este
modo, a un cambio en su sintonía interior, lo que naturalmente, se
refleja también en sus palabras y pensamientos. Así, del mismo modo
que el físico, el dolor anímico es una bendición natural. Nos impele a
redireccionar nuestro íntimo, aproximándonos al modo correcto de
vivir, cuya principal característica es, justamente, la ausencia de
dolor.
Resta el tema del sufrimiento
injusto. Un acidente, una enfermedad inesperada, una gran decepción,
etc., son acontecimientos generalmente recibidos como golpes
arbitrarios del destino. Dolores perfectamente dispensables, azares de
la vida que alcanzan por casualidad, a este o a aquél ser humano. Es
lo que aparentan exteriormente; sin embargo, no es así.
No existe ningún tipo de injusticia
en los efectos recíprocos que nos llegan en esta época. No hay ninguna
especie de arbitrariedad. Todo, pero todo lo que nos toca, fue
generado por nosotros mismos, en algún punto de nuestra existencia. El
hombre siempre recoje lo que sembró. Siempre. Ninguna hebra de cabello
puede sernos arrancada, si nosotros mismos no hemos dado los motivos
para eso.
El dolor no tiene por función
apenas ayudar a mantener la salud física, mental y anímica.Su
actuación va más allá. Es uno de los efectos de una ley natural
fundamental - la ley de la reciprocidad – que es la guardiana del
orden en la creación. Es el efecto final de un acto anterior,
contrario a las disposiciones que rigen a la naturaleza. Aquél que es
alcanzado por el dolor, no debe apenas limpiar las toxinas de su
cuerpo, sino también, reconocer que hizo algo equivocado,
sea a través de pensamientos, palabras o acciones. La gravedad del
error que fue perpetrado otrora, puede ser estimado por la intensidad
del dolor que nos llega ahora, ya que no podemos recibir nada
diferetne de aquello que nosotros mismos generamos, que nosotros
mismos sembramos.
Dolores tenidos como injustos, sólo
son considerados como tales, porque el humano hodierno no tiene la
visión de las verdaderas causas. Esa visión le fue siendo substraida
paulatinamente, a lo largo de milenos, a medida que se alejaba más y
más, del modo correcto de vida, preconizado por leyes naturales. Hoy
día, la mayor parte de los seres humanos está constituida de miopes y
ciegos espirituales, absolutamente incapaces de ver esta verdad tan
simple, de que todo lo que nos llega, fue provocado por nosotros
mismos, como seres de espíritu que somos, en cualquier época de
nuestra existencia, que abarca millares de años y no apenas, unas
pocas décadas de una única vida terrena.
Es esa misma cortedad de visión, la
que le impide también a la humanidad de descubrir quién colocó
las espadas de dolor individuales sobre la cabeza de cada uno. Cada
uno de nosotros forjó su propia espada, y la colocó sobre la cabeza en
el exacto momento en que dio el primer paso por cualquiera de las
falsas carreteras abiertas por esta misma humanidad, despreciando así,
ostensiblemente, el camino verdadero previamente existente, colocado a
disposición por nuestro Creador. Y cuanto más lejos alguien se internó
por esas carreteras anchas, sin dar atención a los avisos y
advertencias que todavía le llegaban, más afilado se tornaba el corte
de la espada, y más golpes recibía, y aún recibe, en el intento de
hacerlo reconocer su equivocación y retomar, todavía a tiempo, el
camino correcto, tan ligera, terca y criminalmente abandonado.
Si encara de esta manera los golpes
que ahora recibe, e intenta redireccionar su vida, en bases distintas
de las que que hasta ahora, la espada lo alcanzará con intensidad y
frecuencias cada vez menores. Y si, finalmente, retoma con voluntad
inabalable el estrecho camino verdadero, que conduce inmediatamente
para arriba, y lo torna un ser humano útil en la creación – y por eso
mismo, feliz – la espada simplemente desaparecerá, porque de acuerdo
con las leyes naturales, no tendrá ninguna razón más para existir.
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