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Que el Universo está
regido por leyes bien determinadas, la misma ciencia ya descubrió,
constató y admitió. Y no de hoy, sino desde hace siglos. El
reconocimiento de esas leyes, por parte de la ciencia, es continuado
y creciente .
Desde los primeros descubrimientos astronómicos de los
antiguos pueblos, pasando por los sólidos fundamentos de la física
clásica de Newton, hasta llegar a los no muy obvios postulados de la
física cuántica, con su extraño “principio de la incertidumbre”,
tiempos dilatables, eventos que sólo existen cuando observados y otras
extrañezas más, difícilmente asimilables.
Tanto más la ciencia avanza en los descubrimientos en
sus múltiples campos de actuación, tanto más constata un inmenso orden
en todo. La coherencia de los resultados de sus experimentos, simples
o complejos, atestiguan la existencia de leyes en el Universo, según
las cuales se forman los fenómenos. Son leyes de tal manera perennes e
inmutables, que, en muchos casos, es hasta posible predecir el
resultado de un experimento, aun antes de ejecutarlo. Y en los casos
en que el resultado no es previsible, se puede afirmar
anticipadamente, con absoluta seguridad, que jamás estará en
desacuerdo con las leyes conocidas.
En cada nuevo fenómeno descubierto por la ciencia, se
reconoce la actuación de esas mismas leyes inflexibles.
El estudio de los “fractales”, por ejemplo, entre
otros efectos, demuestra que, al ampliarse a escala microscópica la
visión de cualquier elemento de la naturaleza, no importa el número de
veces, reaparece siempre una misma forma geométrica, en medio a
magníficas formaciones espiraladas, rentrancias y saliencias de
apariencia geológica. Es, en sí mismo, un mundo que emociona por su
belleza inesperada, totalmente desconocida hasta hace algún tiempo. En
formaciones naturales tenidas como aleatorias, como un simple copo de
nieve, se descubre a una escala de observación adecuada, un orden
insospechable que sigue un patrón inmutable.
La Biología, por su vez, ha contribuido últimamente,
con algunos números inéditos para los anales de la ciencia matemática:
Una célula viva posee cerca de veinte aminoácidos,
cuyas funciones dependen de dos mil enzimas específicas. Los
investigadores han descubierto que, la probabilidad de que la mitad de
esas enzimas, por lo tanto mil, se agrupen de modo ordenado, según se
presenta en la célula, es de una chance en 10 elevado a 1000. Este
número es representado por el algarismo 1 seguido de mil ceros... Para
que tengamos una remota idea de lo que esto significa, basta con
considerar que el tamaño del Universo observable actualmente, es del
orden de 10 elevado a 28 centímetros, o sea, un número de centímetros
representado por el algarismo 1 seguido de veintiocho ceros. Si un día
ese número llegara a 10 elevado a 29 centímetros, significará que el
Universo observable habrá aumentado diez veces. Una chance en 10
elevado a 1000 para la combinación aleatoria ordenada de la mitad de
las enzimas de una célula, equivale a decir simplemente, que la
posibilidad de que la vida haya surgido al acaso, es cero en términos
de probabilidades.
¿No son descubrimientos impresionantes? Claro que sí.
Son de dejar a cualquiera pasmo de asombro.
Sin embargo, hay algo más impresionante todavía, en
medio a esos hallazgos científicos. Hay ahí algo capaz de dejar a un
observador atento, todavía más perplejo delante de esos fantásticos
descubrimientos. Se trata de la sorprendente falta de interés
científico en saber Quién, en realidad, insertó esas leyes en el
Universo. Leyes que la propia ciencia ha comprobado que existen, que
intenta comprender con exactitud creciente y que constató ser
absolutamente uniformes e incontornables.
Si las leyes humanas terrenas, notoriamente
imperfectas y fragmentarias, tienen autores conocidos, ¿cómo se puede
suponer que esas leyes universales, intangibles en su perfección, e
incontornables en su alcance, puedan haber surgido al acaso?
¿Qué es lo que hace, que la ciencia, tan celosa de
resultados palpables y mensurables, no pueda llegar por si misma a la
conclusión tan obvia, de una obviedad infantil, de que solamente una
Voluntad superior, podría haber incluido en el Universo leyes tan
perfectas y amplias? ¿Qué extraña y poderosa fuerza es ésa, que cierra
los labios de los discípulos de la ciencia y los impide de balbucear
para sí mismos la palabra “Dios”? ¿Orgullo intelectual? ¿Presunción de
saber? ¿Miedo? ¿Vergüenza?
Un poco de todo eso, sin duda, sumado a la voluntaria
atrofia espiritual de esos seres humanos, que condenan previamente
como inexistente o desprovisto de sentido todo aquello que no
consiguen ver, pesar o medir... Que, desprovistos (o desprotegidos)
del más elemental sentido del ridículo, afirman “que no hay ninguna
prueba” de la existencia de un Ser supremo, mientras, ellos mismos se
constituyen en la prueba más evidente...
Si los científicos pudieran llegar a la conclusión de
que, solamente un Creador podría incluir leyes en la obra de la
Creación, un mundo de nuevos reconocimientos se les abriría
inmediatamente. No estarían más tan firmemente atados a las restrictas
reflexiones del intelecto, sino que, harían uso principalmente de las
capacidades de sus espíritus. Y con eso se librarían del epíteto de
“científicos”’ya que habrían ascendido al de “sabios”. Y cuanto más
sabios se volvieran en este reconocimiento creciente, más humildes
serían también. Con relación a esto, es posible tenerse absoluta
seguridad. La mala hierba de la presunción sólo puede florecer en el
suelo reseco de la estupidez. Y contra la estupidez, como se sabe,
hasta los dioses lucharían en vano...
Con el reconocimiento creciente, al vislumbrar la
existencia de una Sabiduría y de un orden que sobrepasa en mucho, a
los fenómenos terrenalmente visibles y palpables, los ex- científicos
comprenderían qué poco, en verdad, conocen la obra de la Creación. Y,
llegarían entonces, finalmente, al estado de evolución que Sócrates
alcanzó hace 2.400 años, que hizo de él, el hombre más sabio de su
tiempo, pues era “el único que sabía que nada sabía”.
Los científicos de hoy, con sus espíritus adormecidos
y su presunción intelectual, son criaturas infelices y nocivas al
conjunto de la Creación. Los sabios de mañana, con sus espíritus
despiertos y humildes, irradiarán alegría de vivir y serán siervos
realmente útiles en la viña del Señor.
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