|
Todas
las leyes descubiertas por la ciencia, nada más son, que efectos
mínimos terrenalmente perceptibles, de leyes universales mucho más
amplias, o leyes de la Creación, que traspasan todo, fluyen entre
todo y mantienen todo lo que existe, incluso el plan material de la
Creación, y, de esta forma, también a nuestro pequeño planeta.
La “ley de la acción y la
reacción”, según la cual, un cuerpo siempre
reacciona con fuerza igual y en sentido contrario a la aplicada sobre
él, es un efecto material, a escala mínima, de una ley universal
básica.
Esta ley, denominada más
acertadamente de “ley de la reciprocidad”, hace volver a cada criatura
lo que ella misma produjo, sea por medio de pensamientos, palabras o
acciones. Devuelve a cada uno lo que fue generado, poco importando si
fueron cosas buenas o malas. Lo que la física conoce, es el efecto
físico, en la materia grosera visible a nuestros ojos, de una ley cuyo
enunciado básico ya fuera dado por Jesús a la humanidad, hace dos mil
años con las palabras “lo que el ser humano siembre, eso recogerá”. La
ley de la reciprocidad, hace de cada ser humano juez de si mismo; pone
en sus manos el telar con el que tejerá el tapete de su destino.
La ley de la gravedad,
descubierta por Newton y disecada por la física relativista,
constituyéndose hasta ahora en el último obstáculo a la elaboración de
una “teoría del campo unificado”, es igualmente el efecto visible de
una ley universal.
La ley de la gravedad
atraviesa toda la Creación, y no tan sólo los cuerpos siderales
materiales. Esta ley hace que cada espíritu humano ascienda o
descienda a las regiones a las cuales pertenece, según su constitución
anímica.
Almas “pesadas”, cargadas de
vicios y malas tendencias, se hunden luego de la muerte terrena, en
regiones igualmente densas, lúgubres, emparejadas con su constitución.
Almas limpias purificadas, plenas de verdadero amor al prójimo y
alegría de vivir, ascienden automáticamente a regiones luminosas.
Ambos son efectos justos e ineludibles de la ley de la gravedad
espiritual, que junto a las otras leyes universales, mantienen
funcionando perfectamente el inmenso engranaje de la Creación,
ajustado hasta en sus minucias desde el inicio de los tiempos.
En la escuela aprendemos que
un cuerpo, sólo puede conservar su movimiento si suplanta a las
fuerzas que se le anteponen. En la Tierra, el atrito y la gravedad
actúan frenando el movimiento de los cuerpos, de manera que es preciso
siempre gastar determinada cantidad de energía para mantener cualquier
movimiento . Los autos, aviones y cohetes queman combustible para
mantenerse en movimiento; los pájaros tienen que mover las alas para
permanecer en el aire, y los peces, sus barbatanas para no hundirse.
Cualquier cuerpo precisa de una provisión continuada de fuerzas para
conservar su movimiento inicial. En otras palabras, tiene que seguir
moviéndose continuamente, si no desea parar
Y parar significa parar,
retroceder y deteriorarse . Si un cantor no ejercita su voz, esta
pronto pierde el timbre y la vivacidad; si dejamos de hablar o de
escribir un idioma extranjero que hayamos aprendido, pronto nos
olvidaremos de sus principios básicos y tendremos dificultades
crecientes de comunicarnos en ella; si un brazo es enyesado durante
mucho tiempo, se atrofia y pierde el movimiento; si el agua de la
lluvia se acumula en un pozo, se pudrirá en poco tiempo.
Todo eso, son también efectos
terrenalmente visibles de otra ley universal, la ley del movimiento.
Esta ley de la Creación, establece que la conservación y el desarrollo
sólo son posibles por medio de un movimiento continuado. Así como las
otras leyes de la Creación, también ésta, atraviesa todos los planos y
fluye por todas las criaturas. Por eso, el propio espíritu humano está
sujeto a ella, independiente de vivir aquí en la Tierra, o en alguna
parte del así llamado “más allá”.
Por ello, si desea mantenerse
sano, si pretende incluso continuar existiendo, el espíritu humano
tiene que moverse continuamente. Debe perfeccionarse constantemente en
el sentido del bien. Tiene que hacer prevalecer su voluntad sobre los
obstáculos que a ella se anteponen, como la indolencia, las falsas
directrices impuestas por el raciocinio, la creencia ciega. Si no se
anima a suplantar esos obstáculos, también él, el espíritu humano,
quedará estacionado en su desarrollo, cuya consecuencia inicial es la
atrofia de sus capacidades y por fin, su propia y automática
desintegración.
El ser humano puede contribuir
con una parte, no pequeña, al perfecto funcionamiento del mecanismo
universal. Pero, si prefiere actuar de modo nocivo, lo mínimo que
podrá sucederle, será salir muy herido por las ruedas del engranaje.
Y, si a pesar de eso, insiste en desregular el engranaje, será
simplemente lanzado hacia afuera, como un grano de arena que estorba.
También las actuales ideas de
tiempos mutantes, que pueden ser estirados o encogidos, son intentos
de comprender la variación del concepto de espacio y tiempo, este sí,
mutable.
No es el tiempo el que cambia,
y sí la percepción que tenemos de él. Cuanto más elevado es un
espíritu humano, tanto más vivenciará y asimilará en un determinado
espacio de tiempo, aún aquí en la Tierra. Por esa razón, el tiempo
parece “estirarse” para permitir el aprovechamiento de todas las
impresiones.
En otros planos de la Creación,
los conceptos de espacio y tiempo son también completamente
diferentes, permitiendo que un ser humano en esas regiones, viva más
de lo que sería posible aquí en la Tierra. Allí, no actúa más el
intelecto preso a la materia, y sí la intuición espiritual, que
proporciona una vivencia mucho más intensa de todo. Y esto va in
creciendo hasta el plano espiritual de la Creación, denominado
Paraíso, el destino final de los espíritus humanos que se
desarrollaron de modo correcto. Allí, un ser humano vive en el espacio
de un día, tanto como en mil años terrenos. Y este es también el
sentido de la expresión bíblica “mil años son como un día”.
En los pequeños hechos,
materialmente detectables y perceptibles, la humanidad podría, si tan
siquiera lo deseara, reconocer la actuación de leyes amplias, que ya
actuaban imperturbablemente en el Universo, mucho antes de que los
primeros seres humanos surgieran en la Tierra.
|