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De una manera general,
podemos definir la ley como siendo una directriz de conducta que, si
no es cumplida, acarrea penalidades al faltoso. Esas penalidades
deben ser proporcionales al alcance del perjuicio causado por la
falta y, de tal forma que, para el individuo sometido a una ley, sea
mucho más sensato obedecerla que no cumplirla.
A primera vista, esa definición puede ser
considerada válida para los dos tipos de leyes a las que una persona
está sometida: las leyes terrenas, instituidas por la voluntad humana,
y las leyes de la Creación, o leyes universales, instituidas por la
Voluntad del Creador. Las aparentes semejanzas entre ambas, sin
embargo, terminan aquí.
Las leyes humanas rigen la vida en sociedad de
una persona, mientras esté aquí en la Tierra. Las leyes universales
condicionan la existencia del ser humano, esté todavía aquí en la
Tierra, o en otro plano de la Creación.
Las leyes humanas son intrínsecamente imperfectas,
y por ese motivo, mutables, tanto en el tiempo como en el espacio. Una
ley promulgada hace un mes, puede no ser vigente hoy, y la legislación
de un país no se aplica a otro. Ya las leyes de la Creación son
absolutamente perfectas, y por eso no están sujetas a ninguna
alteración. Jamás podrán ser ampliadas, reducidas o revocadas. Mucho
menos perfeccionadas. Existen desde el inicio de los tiempos y
permanecerán eternamente las mismas. Inmutables, inalcanzables e
incorruptibles.
Es imposible, para cualquier persona, tener
conciencia de todas las leyes humanas a las que está sometido, durante
su pasaje de algunos años aquí por la Tierra, tal su número y
complejidad. Las leyes que rigen a la Creación, al contrario, son
pocas y simples. Son la propia simplicidad. Pueden ser comprendidas
perfectamente por cualquiera, independiente de su nivel de instrucción.
Y tampoco podría ser distinto, ya que a ellas está sometidas todas la
criaturas, y también el propio espíritu humano, poco importando si en
la Tierra es analfabeto o phD.
Las leyes humanas son fallas por naturaleza, pues
son producto exclusivo del intelecto limitado. Están repletas de
brechas que permiten no cumplirlas, sin que esto acarree al infractor
ninguna sanción. Están sujetas a conjunciones políticas,
interpretaciones dubias y contribuyen a la especialización creciente
de consultores, que enseñan a burlarlas legalmente. Con relación a las
leyes universales, nunca existió, ni jamás existirá, un único caso en
que una criatura no haya dejado de cumplir alguna de ellas, sin que,
inmediatamente no quedara sometido a las consecuencias de este
incumplimiento.
Por ser pocas, extremamente simples,
absolutamente lógicas y tan incisivas para la existencia del ser
humano, no hay ninguna disculpa para su incumplimiento bajo la
alegación de ignorancia. El no cumplir esas leyes por desconocimiento,
hasta puede ser una circunstancia agravante, pues demuestra que el
infractor – podríamos decir también el pecador – no estaba interesados
en ellas, ni hizo el menor esfuerzo por asimilarlas o cumplirlas. El
“no esforzarse” equivale a “no moverse”, lo que se constituye una
desobediencia consciente de la ley del movimiento.
Cumplir las leyes de la Creación equivale a
ajustarse a la Voluntad del Creador, que las instituyó. Y esta
Voluntad establece que, en sus caminos de desarrollo en la Tierra, y
en otras partes de la Creación, el ser humano deberá encontrar apenas
alegría, felicidad y paz bienaventurada. No cumplir esas leyes,
significa actuar en contra de la Voluntad del Creador, lo que hace que
el ser humano traiga para si mismo, exactamente aquello de lo que las
mismas tratan de protegerlo: dolor, angustia, sufrimiento y toda
suerte de desgracias.
Cuanto más elevado espiritualmente sea el ser
humano, cuanto más sabio se vuelva, tanto más incondicionalmente se
someterá a esas leyes universales, pues así le queda, de antemano,
asegurada la felicidad. Esta es la más grande sabiduría a que el ser
humano puede aspirar. Es el supremo arte de vivir.
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