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Texto escrito en enero de 1999.
Empieza el último año del
milenio. ¿O será el penúltimo? Polémicas aparte, 1999 surge en el
odómetro temporal humano cargado de expectativas, de muchas
esperanzas. Y de desesperanzas también. Se diría, de un cierto temor
indefinido, quizás, de un miedo insoslayable. ¿Qué nos traerá el año
nuevo?
Hace pocos días apenas, y aquel renovado anhelo de fin
de año por mejores días parecía de nuevo tan factible, tan real esta
vez, tan al alcance de las manos de todos nosotros, que ayudamos a
moldearlo otra vez, con nuestra cuota cíclica de optimismo forzado,
anestesiados que estábamos por la alegría contagiante del “Reveillon”,
felices con el embotamiento de abrazos y de votos mutuos, fueran
ambos, sinceros o no.
Pero ... ¿y ahora? Ahora, cuando los pies están
nuevamente firmes en el suelo, ya limpio de los corchos del champagne,
cuando el mundo, indiferente al ruego exigente de sus hijos, muestra
nuevamente su verdadera faz, cruel – ya limpia también, del maquillaje
hipnótico de los fuegos artificiales, es justamente ahora cuando
resurge la pregunta angustiante: ¿Qué nos traerá el año nuevo?
Aturdido por un enmarañado de profecías cabalístico-escatológicas y
vaticinios económico-ambientalistas, el ser humano común se esfuerza
por levantar un poco el velo del futuro, por lo menos, del suyo: “¿Qué
me traerá, pues, este año nuevo?”
En relación a la humanidad como un todo no es difícil,
realmente, hacer predicciones. Ella continuará a recoger y a saborear
compulsivamente los frutos amargos de su maléfica siembra de los
últimos milenios. Apenas con la diferencia, bastante notoria por otra
parte, de que la cantidad e intensidad de esos retornos será cada vez
más grande, como ya viene sucediendo a lo largo de las últimas
décadas. El que tenga ojos para ver, que vea.
Guerras fratricidas, crímenes hediondos, enfermedades
terribles, desequilibrios psíquicos, crisis políticas y sociales
globales, descalabro económico-financiero generalizado, múltiples
catástrofes de la naturaleza, alteraciones climáticas incisivas, miedo
e inseguridad diseminados por todos los cuadrantes... Los compañeros
fieles de la humanidad en este siglo de horror continuarán a serlo el
año que se inicia, continuarán siendo sus más aguerridos acompañantes,
al cierre del ciclo de su existencia. Y todavía otros se juntarán al
cortejo en ese trayecto final del féretro, como recientemente ya lo
han hecho los agujeros en la capa de ozono y las alteraciones solares.
Todo va tomando forma, como ella misma siempre ha querido, como
continuamente ha insistido en forjar para sí con tanto empeño, por
medio de su increíble, incomprensible, desobediencia colectiva a las
Leyes ineludibles de la naturaleza.
En relación a un único individuo, sin embargo, a un
ser humano cuyo espíritu aún esté vivo, el futuro le pertenece
solamente a él. Solamente a él. Tan sólo a él, señor de su destino. Es
él mismo quien moldea para sí, su propio futuro, de acuerdo a su
manera de vivir el presente. Puede, así, preparar para sí mismo, tanto
un lugar repleto de alegría y felicidad, inmerso en luz, como un local
de máximo sufrimiento y dolor, inmerso en las tinieblas de la más
aterradora desesperanza. La decisión es de él. Siempre y únicamente de
él.
Por eso, al contrario de elucubrar inútilmente acerca
de su futuro, el ser humano de espíritu vivo debería cobrar ánimo y
actuar. Actuar ahora, ¡en el presente! El tiene que
reunir todas sus fuerzas únicamente en el sentido del bien, sin
descanso, si quiere, realmente, construir un bello futuro para sí
mismo. ¡Es él quien tiene que colocar manos a la obra, con infatigable
ahínco! Cabe a él, exclusivamente, transformar de modo radical su
voluntad interior, el que naturalmente, acaba por exteriorizase
también en sus pensamientos, palabras y acciones. Y el pensamiento
purificado, la palabra verdadera y la acción correcta, constituyen
justamente el material de construcción con el que modela de modo
totalmente automático, un futuro radiante para sí mismo. Repito:
de modo totalmente automático. Sin estafas
intelectuales, sin esposas dogmáticas y sin malabarismos
místico-ocultistas.
Actuando de esa forma, él tendrá que
formar un bello futuro para sí, por ni siquiera ser posible de modo
diferente, de acuerdo a la Ley natural de causa y efecto, o Ley de la
reciprocidad. Como se ve, no es nada que la buena voluntad y la
perseverancia no puedan conseguir. Las piedras que aquí y allá, surgen
en esa empresa, como si vinieran de la nada y que todavía pueden
hacerlo tropezar y herirse, en realidad, sólo le serán útiles. Ellas
también fueron formadas, lapidadas y colocadas en la alfombra de su
destino por él mismo, consecuencia de su sintonía equivocada de
otrora. No deben darle miedo o desánimo, al contrario, deben servirle
eso sí, para conocer los errores que aún están pendientes y mantener
su tenacidad en proseguir hacia arriba, recogiendo siempre nuevos
reconocimientos espirituales. Con eso, notará, poco a poco, que las
piedras se tornan paulatinamente menores y más raras a medida que
sube, hasta que un día, ellas también habrán desaparecido por
completo. De ese modo, la escalada le es facilitada a cada día, en la
medida directa de su esfuerzo por progresar. Y, al alcanzar
determinada altura, podrá divisar entonces, nítidamente el bello
futuro acariciado, el porvenir que él mismo se formó, que él mismo
conquistó.
Sin esfuerzo propio nadie asciende, nadie progresa. Ni
siquiera un milímetro. Es una ilusión desmedida imaginar que la
creencia ciega sea un elevador espiritual, que no obliga a sus
pasajeros al esfuerzo continuo en mejorar como seres humanos. Los que
llaman de “orar a los cielos” a la letanía cotidiana de reclamar de la
vida y llorar miserias, no pasan de mendigos perezosos. Despreciables
como éstos. Con esa indolencia inaudita, el futuro que tales
“desheredados del destino” forman para sí mismos es pavoroso. Son
suicidas espirituales, que voluntariamente debilitan sus espíritus con
esa inactividad forzosa y, a tal punto, que estos se tornan por fin,
incapaces de moverse por sí mismos, acabando por morir de inanición
espiritual, completamente paralizados, sin disponer más de fuerzas
para encontrar el Pan de la Vida y alimentarse de él.
Solo aquel que, a través del propio esfuerzo, mantenga
siempre encendida la llama de su espíritu, ardiendo en pro del bien y
vuelta hacia la Verdad, podrá resistir a los próximos vendavales
purificadores. Ya los otros, los indolentes espirituales crónicos,
cuya única tarea, o la que se disponen a realizar, es la de mantener
sus espíritus eternamente sumergidos en un sueño de plomo, verán
desconcertados, sus llamas débiles y movedizas, apagarse a las
primeras ráfagas.
El espíritu humano dispone del libre albedrío para su
desarrollo. Y es por intermedio de esa dádiva que puede elegir sus
propios caminos, quedando, eso sí, incondicionalmente sometido a las
consecuencias de su elección. Por eso, es él quien forja su propio
destino, y aún, su destino final como espíritu humano. Ahí ya no se
trata más de una simple resolución de año nuevo, pero sí de una
decisión que abarca toda una existencia, su existencia entera, y no
apenas esta actual vida terrena. Vida eterna o muerte eterna están en
las manos del propio ser humano, pues su futuro, su destino, solamente
a él le pertenece . Este nuevo año podrá ser para él, entonces, el
primero de una vida completamente nueva, integrada a las Leyes de la
Creación. Y será... si así él lo desea.
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