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“Comerás el pan con
el sudor de tu rostro!” Parece claro hoy que esta oración nunca
encerró ninguna maldición, sino una bendición como pocas. Más
incluso, que dignificar al hombre, el trabajo es lo que le dá
sentido a su existencia, es lo que lo hace una pieza útil en el
engranaje de la Creación.
¡Una pieza útil! Así tiene que
portarse el ser humano dentro del gran Telar de Dios. Como pieza útil
y necesaria, sujeta a un proceso continuado de perfeccionamiento,
lubricada por las vivencias que el trabajo condiciona. Una pieza,
naturalmente pequeña y limitada cuando comparada al gigantesco
conjunto del engranaje universal, pero que dispone del admirable
recurso de poderse ajustar a lo largo de su vida útil, de corregir
eventuales fallas de origen y de autocalibrarse, de modo a contribuir
para el funcionamiento armonioso de todo el mecanismo. Eso, si así lo
quisiera. De hecho, ajustarse adecuadamente a este mecanismo,
solamente es posible, luego de conocerlo en detalles, en caso
contrario, muy fácilmente se dejará desregular y hasta hacer trizas,
por cualquier temblor más fuerte, y acabará por transformarse en una
pieza que estorba en vez de ser útil, completamente perdida dentro de
la inmensa maquinaria. Por lo tanto, cabe a la pieza humana proceder
al necesario ajuste, continuo, para adecuarse al movimiento
circundante. Y debe hacerlo mientras ejecuta su actividad, porque los
engranajes que mantienen en movimiento todo en la Creación, jamás
alteran su ritmo bajo ninguna circunstancia, mucho menos son apagados
por cualquier motivo. Piezas defectuosas, que no quieren realmente,
adaptarse, son simplemente arrojadas fuera, de modo automático.
No fuera por esa dádiva llamada trabajo, que
siempre tuvo sobre sí, el encargo de mantener a la raza humana en
permanente movimiento, aquí en la Tierra, en pro de su subsistencia
corporal y de su perfeccionamiento espiritual, hace mucho que la raza
se habría auto-extinguido, mucho antes del término del plazo concedido
para su desarrollo. Se habría hundido íntegra en la indolencia mortal,
hacia la que, siempre ha manifestado una indisfrazable tendencia. Si
la vida pudiera ser realmente como a la mayor parte de las personas le
gustaría que fuera, o sea, un “dolce far niente” perpetuo,
sobrevendría pronto la estagnación y con ella la enfermedad y la
muerte, pues nada puede surgir con el fin del movimiento. No es
coincidencia ni casualidad, por ejemplo, tantas muertes aparentemente
prematuras, poco tiempo después de la “conquista” tan anhelada de la
jubilación, en el caso que estos jubilados realmente pasan a ejercer,
integralmente, la profesión de administradores del ocio remunerado. Al
desear “aprovechar” el resto de la vida para descansar, sin saberlo,
la acortan de una vez.
Todo en la vida es movimiento. La propia vida lo
es. Movimiento permanente, ininterrupto, en equilibrio continuo entre
el dar y el recibir. (*) Dejar de moverse es dar, concientemente, el
primero paso para el endurecimiento progresivo, estado inicial del
proceso de muerte. Equivale a practicar un lento suicidio. Sin
movimiento, sin trabajo por lo tanto, nadie puede vivir, si pretende
disfrutar de una vida saludable y útil, de acuerdo a las Leyes de la
Creación.
Pero, siendo el trabajo algo tan indispensable a
la naturaleza humana, ¿cuál es la causa de que centenas de millones de
personas, en todo el mundo, simplemente no encuentren ocupación? ¿Por
qué el empleo, pacto de vida e incluso, de supervivencia, entre
capital y trabajo, entre producción y consumo, está en franco declive,
en casi todos los países? ¿Cuél es, pues, la causa
real de esa tragedia global? ¿Qué es lo que se esconde
detrás de los diagnósticos, y sobre los pronósticos de economistas y
sociólogos, y que no es posible alcanzar con análisis intelectivas? ¿Qué
es lo que provocó esta terrible enfermedad social, endémica, hace
pocas décadas y ya endémicas en los días de hoy?
Vamos a partir de algunas premisas. Con un poco
de atención (e imparcialidad) tendremos que reconocer que, en todas
las situaciones de la vida en que surge un desequilibro, está siempre
detrás, como agente causador, la mano del hombre. Siempre. En todas
esas ocasiones, allá está ella, echando arena en los perfectos
engranajes de la Creación. Así se trate de fenómenos de la naturaleza
o de las relaciones humanas, donde hay algo perturbador, la causa es
sólo una: la interferencia nefasta de la criatura humana, única a
disponer de libre arbitrio – contingencia necesaria a su desarrollo
espiritual – y que hace de ella también, la única responsable por toda
la desgracia, por todos los males que asolan tanto su ambiente como a
ella misma, porque utilizó esta dádiva de poder decidir siempre, en
sentido diametralmente opuesto al preconizado por Quien la concibió y
se lo concedió. Cada mal, cada tragedia, cada descalabro tiene siempre
una causa más profunda, una falla anterior de origen espiritual que
provocó la inevitable ruina, visible y perceptible terrenalmente.
Por eso, también sabemos ya de antemano, quién es
el único culpable por la crisis de desempleo global y de la miseria
siempre creciente. Solo no es tan fácil ver, qué es lo que el ser
humano hizo de tan equivocado para que las cosas hayan llegado al
punto en que están. No es tan fácil reconocer la falla espiritual que
acarreó un tal desequilibrio entre el dar y el recibir, a punto de que
tantos no dispongan siquiera de lo necesario a su propia subsistencia.
Es difícil, porque en todo procuramos ver apenas causas exclusivamente
terrenas, ya que sólo distinguimos actualmente los últimos efectos,
materialmente visibles, de una falla espiritual. Las así llamadas
causas económicas, sociológicas y hasta, antropológicas del desempleo
no son, en realidad, las verdaderas causas, mas apenas efectos de una
causa primera, mayor y más amplia, de cuño espiritual.
Último cimiento que sostiene la aún tenue paz
social en que reposan naciones ricas y pobres, el nivel de empleo
sumerge inexorable, en ese torbellino posmoderno y precatastrófico de
la economía globalizada, hundiéndose titánicamente bajo el lastre de
la excesiva oferta de mano de obra y de la búsqueda del lucro sobre
todas las cosas. Gente demás y codicia demás, hacen agua por todas
partes...
¡Lucro y lucro! ¡Y lucro! ¡Sobre todo! Nunca, en
ningún tiempo de la historia, el Primero de los Diez Mandamientos fue
tan criminalmente desobedecido, tan acintosamente menospreciado, tan
alegremente escarnecido por una criatura, como lo ha sido por el ser
humano contemporáneo. Y, nunca, tampoco, la humanidad toda ha
experimentado con tamaño ímpetu, y tan concentradamente, las
consecuencias nefastas de su desolador pasaje por la Tierra, frutos
amargos que está obligada a consumir ahora, provenientes
de su variada mala siembra, tan contraria a las disposiciones de su
propio Creador. El descalabro económico que vivenciamos ahora, es
apenas uno de esos frutos pútridos, apenas uno, que nos vemos forzados
a deglutir en nuestra época, la época de la siega. (**)
El lucro como fin en sí mismo no genera
prosperidad, no trae movimiento provechoso, por el contrario, provoca
solamente estagnación por todas partes, al generar apenas más lucro
todavía, en una ilusoria espiral de riqueza, en todo semejante a una
Torre de Babel financiera, cuyo fin no será tampoco más radiante.
Tal esfuerzo convulsivo en la obtención de lucro,
es no obstante, apenas una decurrencia absolutamente natural del
dominio irrestricto del intelecto en la vida humana, en detrimento del
espíritu. Como el intelecto es un producto del cerebro, que nada más
es que un órgano del cuerpo material, sólo está apto para tratar de la
materia y de las cosas relacionadas con ella, debido a su propia
constitución. Jamás podrá, por lo tanto, servir como guía absoluto
para el ser humano, que es constituido de espíritu propiamente, y que
por eso mismo posee incumbencias mucho más elevadas, no puede
desperdiciar su vida únicamente, en busca de valores terrenos,
invariablemente perecibles y efímeros.
El ser humano tan lleno de sí y de su raciocinio
descontrolado, se asemeja a un garboso caballero montado en un caballo
bravo, que cree haber domado hace tiempo. El caballero está orgulloso
de las cualidades y del porte de su caballo, absolutamente convencido
de que este le está sometido, estando siempre pronto a acatar sus
órdenes. Queriendo mostrar entonces de lo que el caballo es capaz, él
lo acicatea con toda su fuerza, y lo deja galopar solo, con anteojeras
y sin riendas, por el camino elegido por el propio animal. Sin
embargo, aunque el camino esté repleto de peligros y lleve
directamente a un abismo, el caballo no se detendrá por nada una vez
empezada su loca carrera, acabando por perecer junto a su
desafortunado dueño. Desafortunado y bastante tonto también, está bien
que se diga.
Es precisamente esto lo que el intelecto hace con
el ser humano cuando gana supremacía en su vida, cuando es coronado
por él y elevado a un trono de soberano que no le cabe, usurpado del
espíritu. El dominio irrestricto del intelecto sobre el espíritu, la
preponderancia del raciocinio frío sobre la voz de la intuición es, en
última instancia, el motor de esa enloquecida corrida del lucro por el
lucro. Es la causa principal, la verdadera, de esa competición insana,
que jamás redundará en algún progreso y en ningún bienestar general.
Muy por el contrario. Se trata de una corrida insensata, disputada
entre contendedores insensatos, que apenas hace crecer más los niveles
de desempleo, visto que el producto del trabajo nunca será pareo para
el lucro proveniente de la especulación, en la óptica miope de la
evaluación del raciocinio. Corrida ambiciosa, de máxima insensatez, en
donde solo habrá perdedores cruzando la línea de llegada.
(*) Ver artículo “Leyes Universales”
(**) Ver artículo “El Descalabro Económico de
este Final de Siglo”
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