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Vamos a ver ahora lo
que está por detrás de la excesiva oferta de mano de obra
(considerada como la segunda gran causa de desempleo en el mundo), y
analizar cómo debe ser ejecutado un trabajo, en conformidad a las
Leyes de la Creación, para que el ser humano actúe como un elemento
benéfico y no como un mogote de arena dentro del engranaje que la
mueve, el que también tendrá que ser lavado, durante el proceso de
limpieza en curso, para no dañar el restante de la Obra.
A primera vista parece que la humanidad sufrió
aquí un golpe injusto del destino, pues ¿quién puede culpar a quién o
a qué, por la necesidad de mantener a seis billones de almas? ¿A quién
cabe la culpa por el número casi inconcebible de habitantes en este
planeta? ¿Existiría una culpa por ese desequilibrio tan evidente?...
Naturalmente, existe una culpa. Y por lo tanto,
también un culpable. Nuevamente, y como siempre sucede en todas las
distorsiones que surgen en la Naturaleza, la culpa cabe a la misma
humanidad. Una culpa bien amplia en realidad, mucho más amplia incluso
de lo que se puede suponer inicialmente, ultrapasando en mucho sus
contornos más exteriores, no tan difíciles de ser reconocidos, como
deficiencias de información, políticas gubernamentales equivocadas,
falta de educación básica, etc. Es una amplia culpa, de carácter
espiritual.
El completo dominio del intelecto sobre el
espíritu, desde hace milenios, hizo con que este último se debilitara
paulatinamente, en consecuencia del natural endurecimiento progresivo
provocado por la falta de movimiento, a que estuvo
obligado por su verdugo racionalista. El espíritu debilitado, fue
perdiendo así, poco a poco, las conexiones que mantenía con las
alturas luminosas, que era su destino final, tornándose cada vez más
susceptible a las bajas influencias. A través del flujo continuo de
esas influencias negativas, tenebrosas, las pasiones humanas fueron
instigadas hasta no poder más, incluido ahí, el instinto sexual, que
creció, desmedidamente hasta alcanzar el estado de enfermedad
incurable y contagiosa que se ve hoy. Esa situación anómala, aliada a
la nefasta suposición secular de que la maternidad es el ideal supremo
de la feminidad humana (cuando no lo es), aumentó en mucho los
nacimientos terrenos. (***)
Pero, no quedó en eso. La preponderancia de la
voluntad mala en el ser humano, decurrente del maniatarse voluntario
del espíritu y su consecuente distancia de la Luz, facilitó a las
almas que aquí se encarnaban, el sobrecargarse con nuevas culpas,
siempre y siempre otra vez. Al contrario de usar la vida terrena como
una etapa necesaria para la ascensión del espíritu, un escalón para la
ascensión como de hecho lo es, las almas se ataban cada vez más a la
materia con sus acciones y convicciones erradas, y con eso quedaban
imposibilitadas de ascender. Tenían que volver repetidamente a la
Tierra, para una nueva encarnación, en razón de los hilos de culpa que
habían adquirido en sus vidas anteriores. A través de ese fenómeno
antinatural, no previsto, el planeta se fue llenando más y más,
incluso con nacimientos en número cada vez más grande, de almas
profundamente decaídas, que ya había sucumbido a todas aquellas
influencias tenebrosas y que se encontraban hasta ese momento, en sus
bajíos correspondientes. Jamás esas almas podrían haber ascendido
hasta esta Tierra y haberla infectado entera, como pasó, si no fuera
por el puente solícitamente extendido a ellas, por la siempre
creciente voluntad mala del restante de la humanidad. Y así, llegamos
a la situación presente de superpoblación global, en que millones y
millones están aquí encarnados en condición de miseria extrema, por
culpa propia, totalmente excluidos de la posibilidad de obtener su
propio sustento.
La humanidad, como un todo hizo mal uso del libre
arbitrio. Juzgó ser autosuficiente con sus limitadas capacitaciones
cerebrinas y tan solo consiguió recoger desgracia sobre desgracia,
como efecto natural e inevitable de su desobediencia voluntaria,
conciente, a las Leyes establecidas por la voluntad de su Creador, a
Quien ella no conoce más.
Fueron igualmente esos dos mayores enemigos de la
humanidad: el dominio irrestricto del intelecto y la concomitante
indolencia del espíritu, que cuidaron de eliminar también todos los
imperios que ya pasaron por aquí, considerados como eternos en sus
respectivas épocas, pero cuyo apogeo nada más era, en el fondo, que
una mezcla pútrida de codicia, crueldad, inmoralidad y varias otras
excrecencias, encubiertas todas por un barniz de gloria aparente,
pintado por la violencia y lustrado por la arrogancia. ¿Acaso alguien
supone que ahora, en nuestra época, el proceso será diferente? Vale
recordar que las Leyes de la Naturaleza son las
mismas de otrora, que ellas son inmutables y eternas.
Esas Leyes eternas, sin embargo, siempre lo
impulsaron todo hacia el desarrollo y el perfeccionamiento. Única y
exclusivamente. De ese proceso hace parte también la eliminación
automática de todo lo errado e insano, sea en naciones, pueblos,
colectividades o en el propio individuo. Por esa razón, aún cuando
somos alcanzados dolorosamente por sus efectos, estamos recibiendo
bendiciones en realidad. Bendiciones para el espíritu,
que es lo que cuenta realmente. Para las personas todavía vivas en sí,
aún la dificultad de obtener un empleo puede ser útil, cuando las
obliga a encarar la vida terrena y la época actual con la seriedad que
le son debidas. Esas personas buenas, sin embargo, pueden estar
seguras que tal situación es pasajera, que no quedarán desamparadas si
su voluntad es realmente pura, si su esfuerzo por encontrar una salida
es incansable y, sobre todo, si su anhelo por mejorar como seres
humanos es inamovible. Pues aún en la difícil situación de desempleado
cada quien continúa a forjar su propio destino, su futuro, según su
manera de ser y de actuar en el presente.
Una vida cómoda es para incontables criaturas, un
enorme riesgo a la vivacidad de sus espíritus. La comodidad es para
ellas un veneno, porque son demasiado débiles para mantenerse activas
en espíritu, en una situación de mayor confort, dejando de buen grado
acunarse por ella hasta caer en una somnolencia entorpecedora. Sucede,
sin embargo, que la somnolencia espiritual es el primer escalón
descendiente rumbo al sueño letal, a la muerte espiritual, lo más
terrible que puede sucederle a un ser humano. Por eso, dificultades
terrenas de cualquier especie, aún siendo siempre efectos de una
actuación anterior contraria a las Leyes de la Creación, son muchas
veces dádivas de los cielos, cuando alcanzan a una persona todavía
buena en sí, al forzarla a redireccionar su modo equivocado de vivir y
a mantenerse en continua vigilancia espiritual y terrena, a través de
tan múltiples y fuertes vivencias.
Y más importante todavía que tener una ocupación,
es la manera por la que ejercitamos nuestras funciones dentro de ella.
Cuántas personas hay, que tienen una renta considerable o que disponen
de un buen empleo, de un buen sueldo, y, no obstante, ejecutan sus
actividades como mero deber del oficio, mecánicamente, con la mirada y
el pensamiento vueltos exclusivamente hacia las horas futuras de ocio,
cuando, podrán entonces, verse libres de lo que consideran un fardo
inevitable. Son esa gente, eternas insatisfechas, siempre dispuestas a
tornar un poco más amarga la vida de sus semejantes y la suya propia.
Con este modo de actuar, se excluyen enteramente
de las bendiciones proporcionadas por el trabajo. Alijan de sí, la
alegría de ejecutar sus actividades con rapidez y dedicación, poco
importando de qué se trate. Rechazan la satisfacción simple – pero
indescriptible en su plenitud – de contemplar con regocijo un trabajo
bien hecho. El suyo propio. Si no pueden siempre “hacer lo que les
gusta”, entonces “no se sienten realizadas”, conforme les enseñan no
pocos manuales de auto ayuda, verdaderas plagas escritas contra la
felicidad. Sí, porque el verdadero lucro proveniente de un trabajo,
bien hecho, como de todo lo demás, son las vivencias proporcionadas al
espíritu humano durante su realización, pues únicamente éstas, lo
hacen madurar y ascender. La remuneración por el trabajo ejecutado,
sólo es provechosa a una persona, aquí en la Tierra, pero las
vivencias adquiridas durante su consecución, las lleva consigo para el
otro lado, como un sustrato legítimo de su existencia, como verdadero
tesoro de su alma.
Si las personas encararan sus actividades
profesionales, cualesquiera sean, como oportunidades preciosas de
crecer como seres humanos, concientes de estar contribuyendo para el
perfeccionamiento del mundo y el suyo propio, al ejecutarlas con
dedicación, entonces la insatisfacción injustificada desaparecería
pronto, como por encanto. La insatisfacción por el trabajo debe ser
acreditada también a las reflexiones que nos toman de asalto, ya que
el intelecto sólo consigue elegir como blanco máximo, cosas pequeñas,
realmente ínfimas, como alegrías y placeres pasajeros. Lo que no se
encuadra ahí, lo clasifica en seguida de indeseable e inútil. Y lo
descarta. Nunca llegará a comprender, por si mismo, que el verdadero
valor de un trabajo está en la forma como es ejecutado.
La satisfacción obtenida por el trabajo ejecutado
con presteza, completa el espíritu humano, hace con que se sienta, con
todo derecho, una pieza realmente útil y necesaria en el engranaje que
mueve a la Creación. Su trabajo pasa entonces a tener vida, a tornase
realmente vivo, espiritualizado, una fuente de alegría constante para
él y su ambiente. Una alegría genuina, perenne, que se constituye en
la más bella oración, en el agradecimiento más grande que él puede
ofrecer a su Creador, por la gracia inconmensurable de poder existir.
(***) Ver artículo “Las Heridas del Falso Amor”
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