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Un
grupo de investigadores de la Universidad de Minnesota, estudió la
vida de 8 mil pares de mellizos durante veinte años, con la
intención de descubrir la influencia de la herencia en la formación
de la personalidad humana.
Especial atención fue
reservada a los casos de mellizos idénticos separados poco después del
nacimiento, y que en la vida adulta, acabaron reencontrándose. Según
los científicos, las semejanzas comportamentales verificadas en esos
casos, deben ser atribuidas a factores genéticos y no a circunstancias
externas, ya que ambas personas poseen idéntica carga genética y
sufrieron influencias ambientales distintas.
El número de veces en que
una determinada característica se repetía en esos pares de mellizos,
en relación al total de grupos investigados, fue considerado como el
porcentaje de influencia genética que desencadena esa característica.
Así, la felicidad, quedó definida como un sentimiento 50% genético, ya
que del total de pares de mellizos investigados que se reencontraron,
la mitad se declaró feliz. La ansiedad y la susceptibilidad, por su
vez, demostrarán tener un padrón genético de 50% y 60%
respectivamente. Ya la agresividad presentó un componente genético tan
preponderante, que el estudio llega a sugerir que la criminalidad
puede, realmente, ser trasmitida de padre a hijos... Algunas
patologías también fueron definidas como hereditarias por ese
criterio. Los investigadores se muestran tan seguros de los resultados
obtenidos, que llegan a algunas filigranas de osadía, como a afirmar
que “el hábito de consumir café se hereda más fácilmente que el de
tomar té”, lo que tal vez, pueda ser explicado por la injustificable
ausencia de mellizos ingleses en el universo investigado. En resumen,
el estudio quiere hacernos creer que, todas las coincidencias
encontradas en las personalidades de los mellizos, tienen que,
necesariamente, estar relacionadas a la actividad de un gen en
común.
Ese “necesariamente” es
encontrado con bastante frecuencia en trabajos científicos, estampado
estratégicamente aquí y acullá, como un escudo contra intromisiones
indeseables. Así como otros escudos adverbiales semejantes, también
éste tiene la función de encubrir la ignorancia, sea conciente o no.
Se trata de una especie de anteparo protector, bastante eficiente para
rechazar algunos tímidos cuestionamientos o dudas, pero, que se
muestra extremamente frágil cuando alcanzado por una mirada indagadora
penetrante, que lo atraviesa como si no existiera y ve con total
claridad lo que se esconde por detrás suyo: la increíble restricción
inherente al así llamado “método científico”.
Un método en verdad,
demasiado limitado, que en todo apenas puede distinguir meros efectos
físicos, que sólo está apto a discernir y a asimilar – debido a su
propia constitución material – únicamente contingencias terrenales. Un
método tan limitado, como prepotente, pues todo lo que está por encima
de los conceptos terrenos de tiempo y espacio, todo lo que no es
terrenamente visible y palpable, todo, en fin, lo que le es, de
antemano inalcanzable por naturaleza, él lo arrastra a la fuerza para
dentro de su estrecho campo de acción y visión, sin medir
consecuencias, comprimiéndolo en sus directivas, tan delimitadas, con
la finalidad de tornarlo más o menos comprensible.
Poco importa ahí que se
incurra en errores crasos, inevitables cuando se hace uso de ese
método para analizar fenómenos que se desarrollan más allá de la
posibilidad de la ciencia terrena. Para los auto-atrofiados seres
humanos de raciocinio de la época actual, un intento de explicación
superficial es ya plenamente suficiente, les basta. Desde que, claro,
esté necesariamente inserta en una teoría científica
cualquiera, lo que le granjea inmediata credibilidad y la iza al nivel
de “verdad provisoria incuestionable”, título necesario y suficiente
para hacerse digna de la admiración indiscriminada de la comunidad
científica y la idolatría irreflexiva de la legión de adeptos.
En mi artículo, “Ovejas
Negras, Madres de Alquiler”, afirmé que diversas contingencias
contribuyen a la efectivación de un nacimiento terreno. La casualidad,
sin embargo, no es uno de ellos.
Las muchas coincidencias
verificadas en las vidas de los mellizos, apenas indican que esas
personas formaron su destino de manera muy semejante, a través de su
acción en otras vidas. Por consiguiente, pudieron encarnarse en las
mismas circunstancias terrenas en esta actual vida, recibiendo
frecuentemente, de la misma forma, el efecto de reciprocidad de sus
acciones.
Si 50% de los mellizos
investigados son felices, eso significa simplemente que la mitad de
ellos formaron su destino de tal forma que pudieron ser felices en
esta actual vida terrena. Será una lastimable pérdida de tiempo
continuar a desenvolver el DNA humano en el intento de encontrar un
gen que desencadena la felicidad. No se va a encontrar nada ahí.
Solamente el espíritu humano, como único realmente vivo, tiene la
prerrogativa de buscar y encontrar la felicidad, y no es el cuerpo
terreno, Que nada más es que un involucro del espíritu, una simple
herramienta para utilización en la vida terrena. Lo mismo se da con
las demás características supuestamente heredadas, apuntadas en el
estudio.
Por eso, nadie tiene
motivos para agradecer o lamentar la propia carga genética, por la
manifestación de una característica buena o mala de la personalidad.
Quien quiera conocer el origen de la formación de la personalidad
tiene que ir más hondo en su busca, por encima y más allá del mero
involucro material llamado “cuerpo”, tantas veces confundido con el
verdadero “yo” del ser humano. El sentimiento del “yo” proviene del
espíritu exclusivamente, es el mismo espíritu,
único responsable por la formación de la personalidad, y de que todo
lo que alcanza a la criatura humana, sean cosas buenas o malas, se
tornen efectivas aquí en la Tierra o solamente en el “más allá”.
Seguramente muchos males
corpóreos presentan un grado mayor o menor de predisposición genética,
o son realmente heredados. Eso sin embargo, no significa que padecer
o no de ellos sea una lotería, pues nada existe que pueda alcanzar al
ser humano sin que él mismo no le haya dado causa. No existen
casualidades en los efectos de las leyes que rigen a la Creación.
Niños portadores de
enfermedades hereditarias, fueron atraídos anímicamente, en el acto de
la encarnación, justamente hacia padres capaces de trasmitir una tal
enfermedad a sus descendientes. El carma anímico formó el puente de
atracción para aquellos padres. Y muchas veces el alma encarnada trae
en su cuerpo terreno apenas el riesgo, hereda apenas el peligro de
contraer determinada enfermedad por la predisposición genética, la que
puede o no, efectivarse según determinadas circunstancias.
Tales circunstancias, una
vez más, son establecidas por la propia conducta de vida de esas
personas. Es el caso, por ejemplo, de la eclosión o no de cáncer, por
la acción de los así llamados “oncógenos”, quienes pueden o no, surgir
de los “protooncógenos”. La ciencia ya sabe que cuando activados, los
oncógenos desencadenan el cancer, pero ni siquiera desconfía que está
en manos de la propia persona, exclusivamente, permitir o no que eso
ocurra, no apenas como consecuencia de su modo de vivir exterior, mas,
principalmente, por su vida interior.
Un carma pesado, pronto a
efectivarse integralmente a través de una enfermedad seria, no
precisa abatirse con toda su potencia sobre una persona. Aún en una
situación de peligro como esta, la criatura humana no queda
desamparada, no se encuentra indefensa. Aún aquí, es ella misma la que
determina su senda, la que provee los hilos con los que, el telar de
la Creación teje el tapete de su destino. Si ella se esfuerza
realmente en mejorarlo todo, en purificar su voluntad, sus
pensamientos, sus palabras y acciones, si busca ennoblecer todo lo que
toma contacto con ella, entonces, no concederá ningún anclaje más
para la efectivación real de un carma grave.
Como ella mejoró por
esfuerzo propio, como ascendió espiritualmente de nivel, entonces,
tampoco tendrá más la misma especie de retorno cármico malo. No puede
ser alcanzada más, integralmente, por el mal carma a ella ligado, por
el simple hecho que, espiritualmente ya no se halla más tan abajo, en
aquel mismo nivel de cuando lo generó, por medio de una acción
equivocada. El efecto cármico dañino sólo podrá alcanzarla muy
debilitado, bastante atenuado, simbólico inclusive, con lo que
entonces, será redimido de la misma manera. ¡Y carma redimido
significa culpa expiada! Otro camino no hay para el perdón de los
pecados.
La atracción de la especie
igual – una de las leyes de la Creación – co-participa también aquí
automáticamente, cuidando para que el efecto retroactivo sea justo,
hasta en las minucias de este proceso. Cuanto mejor un ser humano se
torne interiormente, tanto menos será alcanzado por los efectos
cármicos malos, sea en cantidad, sea en intensidad.
Una vez más se reconoce que
todo, pero todo realmente, está siempre en manos del próprio ser
humano. Únicamente él es señor de su propio destino, únicamente él
decide lo que va a encontrar en su peregrinación: dolor o alegría,
sufrimiento o felicidad, perdición o salvación. El decide, él planta,
él recoge.
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