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Dondequiera
que el ser humano anteponga el intelecto al espíritu, el raciocinio
sobre la intuición, allí, surgen focos de enfermedad, porque otra
cosa no puede brotar de una mala semilla. Al contrario de actuar
como espíritu humano dentro de la materia, ennobleciendo
todo a su alrededor, como es su misión, actúa exclusivamente como
criatura terrena, como si nada de espiritual tuviera dentro
suyo.
De este modo, todo lo que es,
originariamente, bueno, útil y bonito, luego de escurrir por entre
sus dedos racionalistas, se vuelve malo, nocivo y feo. Ese proceso
aparece con mucha nitidez en el arte, sea pintura, escultura o
música. Todo lo que de extraordinariamente bello nos ha legado el
arte, en siglos pasados, se transmutó en un montón de basura
informe, cincelado a lo largo del siglo XX y también en el actual -
cuando el raciocinio frío alcanzó su apogeo - y sobrepujó todo en su
ansia de destacarse con cualidades que no posee. El raciocinio hizo
del corazón del hombre su reposo, y del espíritu vivo, su esclavo. Y
así, redujo a aterro sanitario casi toda el arte, en otras épocas,
magnífica. Las formas adquiridas por la pintura y la música
contemporáneas, generadas apenas por neuronas, prescindem de
calificativos. No porque existan muchos entre los cuales elegir,
sino porque no se encuentra ninguno que le haga debida justicia.
Como esas “cosas” están siempre muy por debajo del alcance de los
diccionarios más recientes y perspicaces, es imposible encontrar
adjetivos adecuados para calificar razonablemente un tal horror.
Contando apenas con la tea trémula
del intelecto para iluminar los tenebrosos caminos que abrió el
materialismo, para, a su modo, poder conquistarlos, el ser humano
hodierno torció hasta la ley básica del movimiento en la Creación,
la que establece que algo sólo puede ser conservado íntegro, si se
mantiene en movimiento contínuo. Aplicada correctamente al cuerpo
físico, esa ley cuidaría de mantenerlo siempre sano y vigoroso.
Pero, el raciocinio transformó el salutar movimiento físico en ...
deporte. Y, así, lo que era sano, se tornó mórbido, una vez más.
¡El arte del deporte! Loada y
elevada por todas partes, siempre y siempre, más y más. ¡Exaltada
con esperanza en todo el mundo, decantada con orgullo entre los
pueblos, divinizada con olímpica emoción por las naciones! ¿Cómo
podría ser dañina? Para aquél que tiene ojos para ver, el
enaltecimiento deportivo actual es apenas una muestra más,
aterradora, de cómo los conceptos de lo cierto y lo equivocado están
completamente distorcidos en nuestra época. De cómo el
endurecimiento espiritual ya involucró a casi toda la humanidad,
extinguiendo sus aspiraciones más nobles y comprimiendo su campo de
visión a límites cada vez más estrechos.
El deporte es, dañino sí, porque se
fundamenta en la competencia. No objetiva en primera instancia, a
adquirir y a conservar la salud del cuerpo, sino, a mostrar quién es
“el mejor”, en determinada modalidad. “Lo importante no es ganar,
y sí competir!”, rebatirán prontamente ofendidos los discípulos
de Coubertin, arautos del deporte ennoblecido. Pero eso no es así,
de manera alguna. Para cualquier deportista de este planeta lo
importante es ganar. Siempre. Y aunque alguno de ellos, realmente
creyera en esa utopía, en el fondo de su corazón, y no solamente la
murmurara para sí mismo entre sollozos y ojos nublados por lágrimas,
al perder el primer lugar, entonces, sería igualmente insano.
Competir... ¿Para qué? ¿Para tener,
un día, el honor de subir al podio y divisar con orgullo la bandera
de su país flameando sobre las demás? ¿Para emocionarse al ver a
todos los “enemigos”, callados a su alrededor, forzados a escuchar
cabisbajos el himno de su país, obligados a reconocer el triunfo de
su nación? ¿Para ser ovacionado sobre un coche de bomberos y
vertir lágrimas de héroe? ¿Es eso patriotismo? ¿Es para eso que los
jóvenes desperdician los mejores años de sus vidas con entrenamiento?
¿Para eso se someten a cirugías
recurrentes para la reparación de músculos y tendones lesionados?
¿Es con esa finalidad que se desarrollan ropas especiales y
anabolizantes potentes? ¿Para ese ideal es que son contratados a
peso de oro, técnicos famosos, con su estrategias de guerra? ¿Dopping
es, entonces, táctica de espionaje? ¿Lujaciones y distensiones
musculares, son condecoraciones de combate, medallas marcantes por
bravura en acción?
Qué patético es ver a esos señores
de pelo entrecano, bien vestidos, discutiendo muy seriamente
aspectos futbolísticos, en un programa de debates, profundamente
compenetrados analizando jugadas y emitiendo diagnósticos y
prognósticos. ¡Qué degradante! Sería risible, si no fuera tan
ridículo. Increiblemente ridículo. ¿Qué verdadera ventaja trae a un
pueblo, la conquista de una copa del mundo, de un título de Fórmula
1, o el cinturón de los pesos pesados? ¿Alegría popular? ¿Orgullo
nacional? Triste del país que necesita esos espejitos de colores
para darse algun valor, para reavivar su auto estima. Triste pueblo,
el que separa cuidadosamente parte de sus menguados rendimientos
para poder ver, a lo lejos, a sus ídolos deportivos, nadando en ríos
de dinero.
Y triste la humanidad entera, que
cayó espiritualmente tan hondo, a punto de no poder ver, ya, el
papel deplorable que desempeña, al enaltecer cosas sin ningún valor,
frutos del raciocinio calculista, materialista, en detrimento del
perfeccionamiento espiritual. Triste de las naciones deportivas de
este mundo, que pueden ver en una maratonista que llega, casi
desfallecida a la línea de llegada, el mayor ejemplo de “la
tenacidad humana que supera todos los obstáculos”, del “ideal
olímpico elevado a su más alto grado”. Aquella atleta claudicante,
hasta hoy, blanco de elogios en todo el mundo, no hizo más que
cometer un grave delito contra su cuerpo, al llevarlo a un estado de
agotamiento completo, al punto de casi sufrir un síncope en los
brazos del médico que la esperaba junto a la línea de llegada. El
médico, deseaba que la joven, tan valiente, consiguiera vencer el
desafío olímpico trazado delante suyo, el que podría haberle costado
la vida. Ambos no pasan de criminales, y el mundo todo, que hinchaba
en conjunto, de cómplices.
Un argumento poderoso a favor del
deporte, repetido veces sin cuenta por entendidos en educación, es
que éste, aleja a los jóvenes carenciados, de la violencia y de las
drogas. ¿Realmente? ¿La práctica deportiva posee el poder de
desviarlos de los muros de la FEBEM, o de retirarlos de allí, y
conducirlos a una vida digna y honesta? ¿Cuántos jóvenes
delincuentes y adictos a drogas salen efectivamente recuperados de
los centros de reeducación, en donde el deporte es práctica diaria?
¿Cuántos de ellos salen de allí, tan transformados interiormente, a
punto de poder retornar al convivio en sociedad, interesados en el
bienestar del prójimo? Ninguna criatura interiormente mala, de
índole maléfica, consigue limpiar la violencia impregnada en su alma
corrompida, con saltos y carreras, ni es tampoco, capaz de cambiar
la jeringa por la pelota, sea de que deporte sea. En su casi
totalidad, el adicto no deja las drogas por el deporte, sino que
sigue huyendo, usando ambos tipos de entorpecentes.
El deporte competitivo es siempre
nocivo, nunca ha contribuido para mejorar en nada el íntimo del ser
humano, al contrario, solo le ha incutido el anhelo de sobresalir a
toda costa. Esa competitividad, contínuamente nutrida por centenas
de millones de terráqueos, no quedó sin efecto en el ambiente más
fino que nos envuelve. Trascendió el ámbito de los estadios y pasó a
ejercer su nefasta influencia en un sinnúmero de almas humanas, que
traen consigo una tendencia semejante. Estas pasaron a ser entonces,
literalmente asediadas por esas influencias, incutiéndoles la
necesidad de permanente de competir y competir, para vencer en la
vida, y destacarse a cualquier precio.
Los efectos globales de esa
insanidad son terribles. Como, debido a eso, casi todos los seres
humanos se ven hoy como competidores en todo, leales o no, una
simple colisión de automóviles puede fácilmente desembocar en una
tragedia, y el propio tráfico se transforma en una pista de
competición para los atareados pilotos del cotidiano. La derrota en
un inocente partido de dominó o en un juego de cartas, tiene fuerza
como para infartar a cualquiera de sus entusiasmados competidores.
Un gol al final del segundo tiempo, es motivo para golpizas y muerte
entre las grandes masas de competidores, denominadas “hinchadas”.
Hinchada es un buen término para gente belicosa. Las empresas,
grandes o pequeñas, no tienen por objetivo ya, perfeccionar sus
productos y garantizar su supervivencia, sino principalmente,
destruir a sus competidores, aplastar la maldita competencia. Un
gran empresario afirmó que, si un competidor suyo estuviese
ahogándose, su primera actitud sería meterle una manguera de agua en
la boca. Declaraciones de este tipo, son escuchadas como dictámenes
de suma sabiduría, máximas de gran inspiración, y utilizadas en
cursos de perfeccionamiento de ejecutivos. Como si estos campeones
del stress, no hubieran sido enseñados desde la más tierna
infancia , a prepararse para una lucha árdua, en el asustador mundo
competitivo que los aguardaba, emboscado, allá fuera, tal como un
insaciable lobo malo. “Lo importante es competir!” Ese es
el lema actual de la raza humana. Los países compiten locamente
entre sí, en carreras armamentistas, espaciales, comerciales y
culturales. Compiten y compiten. Todos compiten. Y nadie más vive.
Este es el resultado de la
competición y de la competitivad desenfrenada, el mundo competitivo
en el que vivimos, del cual el deporte, es su principal fomentador y
auspiciador. Eso es lo que la humanidad tiene para ofrecer en el
presente, al término del período concedido para su desarrollo. Un
gran estadio planetario, con billones de competidores infelices,
vacíos espiritualmente, ésa es la copa que puede erguir ahora, en
triunfo, para su Creador, como fruto máximo de su evolución.
Si no entanto, pudiera ver con
claridad lo que generó para sí misma, si pudiera tener un pequeño
vislumbre de lo que la espera en la reciprocidad, prontamente
cambiaría su lema para: “¡Lo importante es sobrevivir!”
Sobrevivir espiritualmente, poder subsistir ahora, en la
época del ajuste de cuentas final.
Soñar un poco,
de vez en cuando, no está mal, porque eso, no estimula ninguna
competencia. Pero, mientras que algunos pocos todavía se permiten
soñar despiertos, con una improbable, tal vez imposible mejoría de
la humanidad, ésta vive soñando con su propia grandeza, embalada por
la ilusión de su importancia y de sus hechos deportivos. En breve,
todos nosotros despertaremos. |