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La fe irrestricta de la
humanidad, con relación a sus habilidades cerebrales, viene de muy
lejos. Milenios.Y los sucesivos éxitos materiales exteriores, sólo
han servido para solidificar aún más, esa idea. Lo que,
presentemente observamos, es apenas la coronación de este proceso,
en el cual, el intelecto se afirma como el único apoyo confiable. La
"divinidad" omnipresente y omnisciente, a quien la ciencia se
consagró por entero, y que juzgó su deber, endilgar a la humanidad.
Y a quien todos oran también, cada vez que echan mano de
maquinaciones intelectivas para alcanzar míseros y efímeros
objetivos terrenales.
Cuando los antiguos griegos empezaron a desvendar,
paulatinamente, las leyes de la mecánica celeste, ya hacía mucho que
el desarrollo espiritual había sido puesto de lado. Ya por ese
entonces, esto era considerado algo sin importancia, innecesario, y
más aún, un estorbo para el “progreso” humano. Sin competidor a su
altura, el raciocinio se fue fortaleciendo cada vez más, sin
impedimento, con la misma velocidad con que los dotes espirituales se
iban atrofiando. Cada anuncio de un nuevo descubrimiento científico
era un bloc más, usado en la construcción de esa pirámide intelectual
de valores, que por ese tiempo ya ostentaba considerable altura.
Refiriéndose a los griegos de aquella época y a sus
descubrimientos, el conceptuado científico brasileño, Marcelo Gleiser,
declaró textualmente lo siguiente en su obra, A Dança do Universo: “Su
amor por la razón y su fe en el uso del raciocinio como instrumento
principal en la búsqueda del conocimiento, forman el esqueleto
fundamental del estudio científico de la Naturaleza. No debemos huir
nunca de esa búsqueda, intimidados por nuestra ignorancia.”
Este es el punto, precisamente. La base sobre la
cual, la ciencia se apoya es el intelecto, el raciocinio humano. Y no
podría ser diferente. Si ella se propone a analizar y a clasificar
fenómenos físicos, terrenalmente perceptibles, tiene que valerse, muy
naturalmente, del raciocinio, que es un producto del cerebro, órgano
que pertenece al cuerpo material del ser humano.
Utilizando el raciocinio como instrumento, la
ciencia es capaz, sí, de grandes hazañas, las que deberán permanecer
siempre, limitadas al ámbito de la materia. Los resultados obtenidos
hasta ahora, por los varios ramos de la ciencia, son ejemplos claros
de este suceso material inconteste. El gran error surge ahí, cuando,
incentivados por estos éxitos visibles, los científicos se juzgan
igualmente aptos a investigar, con su intelecto atado a la materia,
cosas que se encuentran fuera del ámbito material. Imaginan que pueden
encontrar de esta manera, respuestas a los cuestionamientos
fundamentales del ser humano: ¿ Cuál es el origen del universo? ¿Cómo
surgió la vida? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Para dónde vamos?
Y en todos los escalones de la pirámide, habita la
misma creencia, de la capacidad ilimitada de la ciencia terrena.
Llenas de esperanza, con un mal disimulado orgullo, todas las clases
alzan los ojos para sus idolatrados científicos, la elite de la
especie humana, que habita allá en la cumbre, con la expectativa de
obtener también, respuestas para esas cuestiones cruciales. Aún
conscientes de que serán incapaces de comprenderlas, por no dominar el
hermético idioma científico, aguardan ansiosamente por las respuestas,
con la finalidad de apaciguar sus propios anhelos íntimos.
Una espera sin esperanzas... No le será nunca
posible al intelecto humano, que pertenece incondicionalmente a la
materia, develar enigmas cuyas soluciones se encuentran en otros
planos de la creación. Para tanto es necesaria la mobilidad del
espíritu, algo que los científicos de hoy - con rarísimas y
honrosísimas excepciones - no poseen más. Ellos, que en su mayoría,
siquiera admiten la existencia del espíritu, y mucho menos todavía, un
Creador, insisten en investigar temas de carácter espiritual con su
limitado raciocinio preso a la Tierra. Quieren develar los secretos de
la creación con balanzas, tubos de ensayo y microscopios electrónicos.
Una situación que sería cómica, si no fuera tan triste.
Y, a pesar de la lógica cristalina que reside en
esa imposibilidad natural, de aprehender fenómenos espirituales por
medios materiales, la ciencia nunca podrá reconocer esa su limitación.
No exactamente por vanidad, sino por absoluta incapacidad. Justamente
por creer que el raciocinio es la llave para todo, que puede
resolverlo todo, los científicos se privan de la capacidad de
vislumbrar lo que se encuentra más allá de los límites estipulados
para el saber intelectual. Para ellos, es de todo imposible extender
la vista más allá de ese punto. No pueden, tan siquiera, considerar la
hipótesis de que exista algo que el raciocinio no sea capaz de
develar. No poseen ya más, en realidad, la capacidad para tal
discernimiento.
Los discípulos de la ciencia imaginan que están en
el ápice del saber humano, y se dejan embalar, satisfechos, por los
acordes de esa ilusión. Y, en verdad, para ellos es así. Se encuentran
realmente, en lo más alto del conocimiento intelectual, que, sin
embargo, constituye un grado muy inferior, extremamente bajo, en
relación al saber que podrían tener de la inmensa obra de la creación,
si hubieran usado las capacidades de sus espíritus.
Si la humanidad no hubiera abandonado tan a la
ligera su desarrollo espiritual, todo se presentaría ahora de una
forma totalmente distinta. Ciencia sería hoy sinónimo de verdadero
saber, y todas las grandes cuestiones humanas estarían desde hace
mucho, solucionadas.
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